Mis cinco amores
No sabía si dejar este título. Podría confundir, porque en realidad no hay cinco amores, sino uno solo: el amor a Cristo. Pero como los hombres tenemos una inteligencia discursiva y racional, nos ayuda separar para comprender, distinguir primero para unir después y entender mejor.
«El hombre no puede vivir sin amor», escribía Juan Pablo II. «Permanece para sí mismo un ser incomprensible; su vida carece de sentido si no se le revela el amor, si no se encuentra con el amor, si no lo experimenta y lo hace propio, si no participa en él vivamente» (Redemptor hominis, 10). Fuera del amor, no hay felicidad posible, ni realización personal, ni vida que valga la pena. Por eso muchas personas se sorprenden de que haya sacerdotes y personas consagradas que renuncian voluntariamente al matrimonio y son felices, o al menos lo aparentan. ¿No vivirán en el fondo amargados? ¿No serán unos “engañados?, se pregunta la gente.
Estas líneas no pretenden ser una apología. Sólo deseo compartir mi experiencia personal. No pretendo convencer. Sólo quisiera darme a entender. Que las personas que me lean comprendan la belleza y el sentido de una vocación sacerdotal. Entiendo que no es fácil, sobre todo cuando estamos acostumbrados a exaltar lo sensible, lo inmediato, lo emotivo. Y esta experiencia es más bien interior, espiritual, profunda. Pero no menos real.
Amor a Cristo
¿Es posible amar a Cristo?
Quizá nuestros antepasados no se planteaban esta pregunta. Se nacía cristiano. Se vivía cristiano. Se moría cristiano. Pero en la Europa de hoy, ser cristiano no está de moda. Más aún, es contrario a la moda. Va contra la forma de pensar y de vivir de la mayoría. Por eso es preciso explicar por qué soy cristiano y por qué creo que el amor a Cristo es posible y es real.
¿Soy cristiano porque he nacido en un país de tradición cristiana? ¿porque mis padres me han bautizado? ¿porque he ido a un colegio religioso? Creo que todos llegamos a un momento en la vida en que ninguna de estas razones son suficientes.
En mi vida experimento a Jesucristo no como un personaje histórico de un pasado lejano, sino como una persona viva. Está cerca, muy cerca de mí y de todos. Tan cerca que el Concilio Vaticano II enseña que «el misterio del hombre sólo se esclarece en el misterio del Verbo encarnado» (GS 22).
Conozco personas buenas, muy buenas, que no creen. Algunas incluso que quisieran creer, pero su razón no se lo permite. Por eso pienso que quizá la mayor gracia que he recibido en la vida es el don de la fe. Para mí la fe vale más que la vida misma. San Agustín fue un hombre que buscó a Cristo por todas partes, hasta que por fin lo encontró. El resumen de su vida podría ser: “Nos hiciste Señor para ti, e inquieto está nuestro corazón hasta que descansa en ti”. Su ejemplo me ayuda a valorar y agradecer el don de la fe.
“¡Tarde te amé, Hermosura tan antigua y tan nueva, tarde te amé! Y tú estabas dentro de mí y yo afuera, y así por fuera te buscaba; y, deforme como era, me lanzaba sobre estas cosas hermosas que tú creaste. Tú estabas conmigo, mas yo no estaba contigo. Reteníanme lejos de ti aquellas cosas que, si no estuviesen en ti, no existirían. Me llamaste y clamaste, y quebrantaste mi sordera; brillaste y resplandeciste, y curaste mi ceguera; exhalaste tu perfume, y lo aspiré, y ahora te anhelo; gusté de ti, y ahora siento hambre y sed de ti; me tocaste, y deseé con ansia la paz que procede de ti”
Gracias al don de la fe he descubierto que Jesucristo no es una idea, sino una persona. Una idea te puede convencer. Pero sólo de una persona te puedes enamorar. Jesucristo ha sido una persona viva que entró en mi vida y la transformó para siempre.
¿Cómo conocí a Jesucristo? Creo que hubo dos medios fundamentales: el Evangelio y la Eucaristía.
El Evangelio es un libro maravilloso. Ahí está todo. Aunque lo leamos todos los días, siempre nos dice cosas nuevas. Y lo mejor es que no se trata de un libro nada más, de una historia bonita. Los cristianos creemos que es la Palabra de Dios, y que por lo tanto, es viva y eficaz. Es viva porque sigue hablando hoy a los hombres. Es eficaz porque sigue cambiando las vidas. Desde pequeño tuve la costumbre de leer un capítulo del evangelio todas las noches. Así conocí yo a Jesús. Así de sencillo. Así de real. Así de fácil. Es una forma al alcance de todos. “¿Cómo es Dios?” pregunta a veces la gente. “Abre el Evangelio y descúbrelo”.
«A Dios nadie le ha visto jamás: el Hijo único, que está en el seno del Padre, él lo ha revelado» (Jn 1,18). En los evangelios conocemos al Jesús de las bienaventuranzas, al que nos enseñó a orar el “Padre Nuestro”, al que curaba enfermos, resucitaba muertos, daba de comer a las turbas y sentía compasión por ellas porque estaban “como ovejas que no tienen pastor”. Escuchamos la parábola de la oveja perdida que el buen pastor fue a buscar, del hijo pródigo que malgastó su herencia y a quien su padre perdonó colmándolo de abrazos y de besos. Ahí nos narra la última cena, el milagro de la Eucaristía, el sacerdocio, el mandamiento nuevo del amor fraterno. Un amor tan fuerte que venció la muerte y resucitó. Es imposible no quedar conquistado. Jesús es perdón, es compasión, es amistad, es fidelidad, es amor hasta el extremo de dar la vida en la cruz.
La Eucaristía es el otro lugar en el que encuentro a Cristo vivo. Ahí está presente Jesús de un modo real, no metafórico. Quiso quedarse entre los hombres para estar cerca de nosotros, para ser nuestro hermano y amigo, nuestro alimento y compañero. Dios no es un ser lejano y distante, Dios está cerca, tan cerca de mí que hasta lo puedo tocar, tan cerca de mí que ha querido ser mi alimento.
Cuando alguien se acerca con un problema, yo recomiendo ir primero a la Eucaristía. Aunque lleven tiempo sin comulgar, aunque no practiquen la fe, yo recomiendo ir a una capilla y arrodillarse en silencio ante el Sagrario. No hay problema que no tenga solución ante la Eucaristía.
La Madre Teresa de Calcuta pasaba horas y horas de rodillas delante de la Eucaristía. Decía que “Cristo se convirtió en el Pan de Vida porque comprendió la necesidad, el hambre que teníamos de Dios. Y nosotros debemos comer este Pan y la bondad de su amor para poder compartirlo. La Eucaristía es el signo más tangible del amor de Dios por el hombre. La eucaristía es el misterio de nuestra unión profunda con Cristo”. Encontré esta poesía que no sé quién ha escrito, pero que me ayuda rezar ante la Eucaristía:
¡Qué bien se está contigo!...
¡Qué bien se está contigo, Señor, junto al Sagrario!
¡Qué bien se está contigo! ¿Por qué no vendré más?
Hace ya muchos años, vengo a verte a diario,
y aquí te encuentro siempre, —Amante Solitario—
sólo, pobre, escondido, ¡pensando en mí quizás!...
Tú no me dices nada, ni yo te digo nada,
si Tú lo sabes todo, ¿qué voy a decir?
Sabes todas mis penas, todas mis alegrías,
sabes que vengo a verte con las manos vacías
y que no tengo nada que te pueda servir.
Siempre que vengo a verte, siempre te encuentro solo,
¿Será, Señor, que nadie sabe que estás aquí?
No sé; pero sé en cambio, que aunque nadie viniera,
aunque nadie te amara ni te lo agradeciera,
aquí estarías siempre esperándome a mí...
¿Por qué no vendré más? ¡Qué ciego estoy, qué ciego!
Si sé por experiencia que cuando a Ti me llego,
siempre vuelvo cambiado, siempre salgo mejor.
¿A dónde voy, Dios mío, cuando a mi Dios no vengo?
Si tú me esperas siempre, si a Ti siempre te tengo,
si jamás me has cerrado las puertas de tu amor.
Por otros se recorren a pie largos caminos,
acuden de muy lejos cansados peregrinos,
o pagan grandes sumas que no han de recobrar.
Por Ti, nadie pregunta; de Ti, nadie hace caso;
si alguno te visita, es sólo así, de paso,
aquí eres Tú quien paga si alguno quiere entrar.
¿Por qué no vendré más, si sé que aquí a tu lado,
puedo encontrar, Dios mío, lo que tanto he buscado,
mi luz, mi fortaleza, mi paz, mi único bien?
Si jamás he sufrido, si jamás he llorado,
Señor, sin que conmigo llorases Tú también.
¿Por qué no vendré más, Jesucristo bendito?
¡Si Tú lo estás deseando! ¡Si yo lo necesito!
Si sé que no soy nada cuando vengo aquí...
Si aquí me enseñarías la ciencia de los santos
Como aquí la buscaron y la aprendieron tantos,
que fueron tus amigos y gozan de Ti...
¿Por qué no vendré más, si sé yo, Legionario,
que Tú eres el Modelo único y necesario,
que nada se hace duro mirándote a Ti aquí...?
El Sagrario es la celda donde estás encerrado...
¡Qué pobre, qué obediente, qué manso, qué callado,
qué solo, qué escondido... Nadie se fija en Ti!
¿Por qué no vendré más?, ¡Oh bondad infinita!, riqueza
inestimable que nada necesita,
y que te has humillado a mendigar mi amor.
Ábreme ya esa puerta —sea esa ya mi vida—
olvidada de todos, de todos escondida,
¡QUE BIEN SE ESTÁ CONTIGO, QUE BIEN SE ESTÁ, SEÑOR!
Yo creo que, a la luz de estas ideas, se entiende mejor por qué es posible enamorarse de Cristo, conocerlo en el Evangelio, tratar con El en la Eucaristía, querer consagrarse totalmente a su amor para darlo a conocer a todos los hombres. Él es el “Amigo que nunca falla”. Es el amigo fiel, el que siempre me conforta y me perdona, olvidando mis ofensas a su amor, mis debilidades y faltas de generosidad; Jesús es el único que nunca falta, que nunca se aleja, ni por las circunstancias, ni por el tiempo, ni por las distancias. Es tan extraordinario entregarse a Cristo, que San Pablo decía que todo era estiércol con tal de alcanzar a Cristo: riqueza, vanidad, gloria, poder... «El día de mañana, cuando los hombres se olviden de nosotros solamente una cruz, y en ella Cristo, seguirá abrazando nuestra sepultura como guardián eterno de una amistad comenzada en esta tierra».
Amor a María
Un sábado de diciembre de 1531, un indio llamado Juan Diego iba muy de madrugada desde el pueblo en que residía a la ciudad de México a asistir a clase de catecismo y a oír la Santa Misa. Estaba amaneciendo cuando pasó junto al cerro llamado Tepeyac, y escuchó una voz que le llamaba diciendo: "Juanito, Juan Dieguito". Así empieza la historia de las apariciones de la Virgen de Guadalupe. Años después se construyó una Basílica que es hoy la más visitada del mundo.
Nunca olvidaré la experiencia que tuve en la madrugada del 11 al 12 de diciembre de 2006. Estaba en la ciudad de México y fui a la Villa de la Virgen a pasar la noche más grande de las fiestas guadalupanas. Había grupos procedentes de todas partes, de México y de otros países, hombres ricos y pobres, ancianos y niños, muchos niños; blancos, indios y mestizos. Unos venían caminando, otros llegaban en bici o a caballo, algunos llevaban semanas de peregrinación. Venían con lo puesto y cargaban harina para hacer tortillas en cualquier parte. Se estima que 5 millones de mexicanos pasan por la Villa en esos días. Los indígenas, vestidos con sus trajes típicos, cantaban y bailaban sus danzas propias. A media noche sonaron las campanas. Todos, a una sola voz, empezaron a cantar las mañanitas. Impresionaba mucho ver a personas tan distintas unidas en la fe y el amor común a la Virgen de Guadalupe. No puedo expresar con palabras el ambiente de fe que se vive.
El “Nican Mopoua”, así se llama el relato de las apariciones escrito en nahuatl, narra que Juan Diego subió a la cumbre y vio a una Señora muy bella, con un vestido brillante como el sol, que con palabras muy amables y atentas le pidió que le construyera un templo “para en él mostrar y prodigar todo mi amor, compasión, auxilio y defensa a todos los moradores de esta tierra”. Juan Diego fue con el señor obispo, Fray Juan de Zumárraga, pero éste no creyó al indio. La Señora insistió y por segunda vez fue el indio con el obispo, pero tampoco le creyó. A la tercera vez, cuando el indio estaba evitando el encuentro con la Señora, Ella se le apareció y le dijo estas palabras que están impresas con letras gigantes en el Santuario de la Virgen de Guadalupe en México. Siempre que las leo y las recuerdo me llenan de paz y confianza: “Oye y ten entendido, hijo mío el más pequeño, que es nada lo que te asusta y aflige, no se turbe tu corazón, no temas esa enfermedad, ni otra alguna enfermedad y angustia. ¿No estoy yo aquí que soy tu Madre? ¿No estás bajo mi sombra? ¿No soy yo tu salud? ¿No estás por ventura en mi regazo? ¿Qué más has menester? No te apene ni te inquiete otra cosa”.
Después vino el milagro de las rosas de Castilla y la imagen grabada sobrenaturalmente en la tilma. La ciudad entera se conmovió y empezaron a venir de todas partes para ver y admirar la devota imagen. La pupila de la Virgen es lo más inexplicable. Se han tomado fotografías a la pupila de la Virgen de Guadalupe y al ampliarlas miles de veces, se logra captar detalles imposibles de ser captados a simple vista. Se ve a un franciscano en cuyo rostro se ve deslizarse una lágrima; a un hombre con la mano sobre la barba en señal de admiración; a un indio en actitud de rezar; unos niños y varios religiosos franciscanos más. Son las personas que según la historia de la Virgen de Guadalupe escrita hace varios siglos, estaban presentes en el momento en el que apareció la sagrada imagen. En un espacio tan pequeño como la córnea de un ojo situado en una imagen de tamaño natural, ningún miniaturista podría pintar todas esas imágenes que ha sido necesario ampliar dos mil veces para poderlas advertir.
Yo creo que este relato, y la imagen dulce y serena de la Virgen de Guadalupe, nos enseña que el hecho de que María esté en el cielo no significa que no esté también en la tierra, cerca de cada uno, preocupándose por todos sus hijos. Nos está mirando de día y de noche. Estamos reflejados en sus pupilas. Mientras vivía en su carne mortal solo podía estar cerca de quienes la rodeaban. Ahora, en cambio, está cerca de todos. No quiere que nadie se sienta solo. No quiere que nadie tenga miedo. A todos nos repite en los momentos difíciles: ¿No estoy yo aquí que soy tu Madre? ¿No estás bajo mi sombra? ¿No soy yo tu salud? ¿No estás por ventura en mi regazo? ¿Qué más has menester? No te apene ni te inquiete otra cosa.
Siempre me conmueve pensar cómo María, cuando tiene un mensaje que transmitir, busca personas sencillas como mensajeros. María tiene predilección por los niños, porque “de los que son como ellos es el Reino de los cielos”. También Jesucristo, según nos narran los evangelios, bendecía y abrazaba a los niños. Por eso en Fátima se apareció a tres niños pastores, Francisco, Jacinta y Lucía. En Lourdes la Virgen se apareció a Bernardette, una niña pobre y enfermiza, y le habló en patois, su dialecto local, más parecido al castellano que al francés. Muchos enfermos han sido sanados en las aguas milagrosas de Lourdes, pero el mayor milagro, siguen siendo las conversiones del corazón.
La devoción a la Santísima Virgen me ha enseñado mucho. Yo también puedo exclamar: “¡A María le debo tanto!”. Tengo muy pocos recuerdos del colegio al que fui en la calle Serrano, antes de mudarnos a vivir a Monteclaro. Pero uno que se me quedó grabado, fue que durante el mes de mayo, cada curso llevaba un día flores a la Virgen y antes de entrar a clases rezábamos “Bendita sea tu pureza, y eternamente lo sea, pues todo un Dios se recrea en tan graciosa belleza…”. Un gesto sencillo, que apenas llevaría un par de minutos, pero que se grabó para siempre en la mente y en el corazón de un niño que entonces tendría unos seis años. Luego, durante los años que pasé en el colegio Everest, la presencia y cercanía de la Santísima Virgen fueron fundamentales. Recuerdo especialmente los campamentos de verano en Los Almorchones, con la gruta de la Virgen como la Reina del campamento. A sus pies empezábamos el día y a sus pies lo terminábamos. Fátima, Lourdes, Covadonga, la Almudena, el Pilar, los Desamparados, Guadalupe, Montserrat… He ido como peregrino a todos estos santuarios y creo que la presencia de la Virgen en España ha dejado una huella imborrable. Por eso Juan Pablo II decía “Hasta siempre, España. Hasta siempre, tierra de María”.
Cuando un niño está en las manos de su madre, nada teme. Se siente seguro. Lo mismo cuando uno se sabe en los brazos de María. En medio de las dificultades y problemas, las derrotas y los desánimos que Dios ha permitido a lo largo de mi breve vida, la cercanía de la Santísima Virgen me ha ayudado a vivir una vida interior armoniosa, serena, tranquila, llena de confianza. María me enseña cada día a dejar de lado mis seguridades humanas y abandonarme confiado, como un niño, en la Providencia amorosa de Dios.
Yo creo que en el fondo todos nos sentimos débiles en la vida. No hay nadie que sea tan autosuficiente que tenga respuestas para todo, que no experimente el miedo o el fracaso. Necesitamos descubrir que tenemos una Madre que realmente vigila por cada uno, que nos ama con ternura, que nos cuida de día y de noche, que nos libra de los verdaderos peligros (el orgullo, el egoísmo…), que nos escucha, nos protege y auxilia.
A la mañana siguiente de la elección del cardenal Karol Wojtyla como Sumo Pontífice, un periodista se preguntaba en L’Osservatore Romano, de dónde sacaba Juan Pablo II “tanta fortaleza, tanto celo, tanta perseverancia”. Y respondía: “El secreto está en su lema: Totus Tuus. Nuestra Señora es la omnipotente por gracia, y quien se confía totalmente a ella llega a ser un gigante en las obras de Dios”. El 26 de febrero de 2005, tras su última operación en el Policlínico Gemelli, no podía hablar. Pidió entonces papel y escribió “Soy siempre totus tuus”.
Cuando terminé COU, el día de mi graduación, me pidieron que diera unas palabras en nombre de toda la generación. No recuerdo lo que dije, pero sí me acuerdo que terminé recitando una poesía del P. Alarcón, S.J., a la Virgen que siempre medito:
Dulcísimo recuerdo de mi vida,bendice a los que vamos a partir...¡Oh, Virgen del Recuerdo dolorida,recibe tu mi adiós de despedida,y acuérdate de mi!Lejos de aquestos tutelares muros,los compañeros de mi edad feliz,¿no serán a tu amor jamás perjuros,conservaran sus corazones puros,se acordaran de ti?Más siento de alejarme una agonía,cual no la suele el corazón sentir...¿En palabras de niño quien confía?Temo... no se qué temo, Madre mía,por ellos y por mi.Dicen que el mundo es un jardín ameno,y que áspides oculta ese jardín...Que hay frutos dulces de mortal veneno,que el mar del mundo está de escollos lleno...¿Por que estará así?Dicen que por el oro y los honores,hombres sin fe, de corazón ruin,secan el manantial de sus amoresy a su Dios y a su patria son traidores...¿Por que serán así?Dicen que de esta vida los abrojosquieren trocar en mundanal festín;que ellos, ellos, motivan tus enojos.Y que ese llanto de tus dulces ojoslos causan ellos, ¡sí!Ellos, ingratos, de pesar te llenan...¿Seré yo también sordo a tu gemir?¡No! Yo no quiero frutos que envenenan,no quiero goces que a mi Madre apenan.¡No quiero ser así!En los escollos de esta mar bravíayo no quiero sin gloria sucumbir;yo no quiero que llores por mí un día,no quiero que me llores, Madre mía...¡No quiero ser así!Y mientras yo responda a tu reclamo,mientras me juzgue con tu amor feliz,y ardiendo en este afecto en que me inflamo,te diga muchas veces que te amo,¿Te olvidaras de mi?¡Ah, no, dulce recuerdo de mi vida!Siempre que luche en peligrosa lid,siempre que llore por mi alma dolorida,al recordar mi adiós de despedida,¿Te acordaras de mí?Y en retorno de amor y fe sincerajamás sin tu recuerdo he de vivir.Tuya será mi lágrima postrera.Hasta que muera, Madre, hasta que muera,¡me acordare de ti!Tú en pago, Madre, cuando llegue el plazode alzar el vuelo al celestial confín,estrechándome a ti con dulce abrazo,no me apartes jamás de tu regazo.¡No me apartes de ti!
Amor a la Iglesia
A finales del siglo XIX se puso de moda la expresión “Cristo sí, la Iglesia no”. Era una forma de reivindicar que se podía ser seguidor de Jesucristo sin formar parte de la estructura visible de la Iglesia. Gandhi solía decir: “Creo en Cristo, pero no creo en los cristianos”. Y como él, tantas buenas personas. Cristo, el gran profeta, el hombre de la paz y el amor fraterno. La Iglesia, una institución jerárquica, con sus leyes y tribunales, con su leyenda negra, tan lejana al espíritu de su fundador.
A mí me ayuda concebir mi amor a la Iglesia como una prolongación de mi amor a Cristo, como un amor a su Reino, que en la Iglesia se concreta. Y este amor «es afectivo y efectivo. Es un amor que vela, que sufre, que ora, que lucha, que disculpa, que exalta, que capta los latidos de su Madre la Iglesia. Un amor real, objetivo de la Iglesia tal cual es y cual Cristo la ha querido; no un amor ideal, subjetivo, de una Iglesia según nuestros deseos. Un amor que la medita en la fe, la acoge en la obediencia, la dilata en el apostolado, la santifica en su vida». Aquí está el resumen de todo. Amo a la Iglesia porque amo a Cristo.
A la Madre Teresa de Calcuta le preguntó un periodista: “Madre, ¿qué es lo que usted cree que debe cambiar en la Iglesia?”. “Usted y yo”, fue su respuesta. Simplemente genial.
Yo pienso que los pecados de los cristianos, de quienes se dice, a veces con razón, que “no son mejores que los demás”, los pecados de los mismos eclesiásticos, no deben escandalizarnos ni llevarnos a apartarnos de la Iglesia. Al contrario, deben llevarnos a entregarnos en primera persona por hacerla más santa y más fiel al mensaje de Jesucristo. El primer Papa, un traidor; los primeros obispos, unos cobardes; uno de los primeros sacerdotes, un sacrílego. Dios sabe que no somos ángeles, sino hombres de barro. No nos ha llamado a la Iglesia por nuestras virtudes ni por nuestra santidad. Sabe que somos hombres de carne y hueso. Hombres que luchan, que caen y se levantan, que cada noche piden perdón y cada mañana renuevan su opción por Dios y por su Reino. Él mismo nos dejó claro que no había venido a llamar a los justos, sino a los pecadores.
Al nacer recibí de mis padres la vida natural. Al ser bautizado, recibí en la Iglesia la vida sobrenatural. Mis padres me educaron y alimentaron. La Iglesia me educa con la catequesis y me alimenta con sus sacramentos. Yo creo en la Iglesia. El amor me lleva a estudiarla, a conocerla desde dentro, a mirarla como un hijo. Así como amo con gratitud a mis padres, amo a la Iglesia con gratitud y amor filial. La Iglesia es la nueva familia de Dios. En ella todos somos hermanos gracias a Cristo, que no nos enseñó a orar diciendo “Padre Mío”, sino “Padre Nuestro”.
Quizá una de las experiencias más fuertes que he vivido en mi vida fueron los últimos días de Juan Pablo II. Siempre viene a mi mente la última Semana Santa que estuvo entre nosotros, en el año 2005. Presidió el Via Crucis de espaldas, desde su oratorio, con su mano temblorosa, sosteniendo la cruz, mientras miles de peregrinos lo acompañábamos en el Coliseo. Recuerdo la mañana de Pascua en la que no pudo hablar y simplemente dio la bendición Urbi et Orbi con cara de pena y dolor, pidiendo disculpas. Se nos ponía la piel de gallina.
Estuve en la Plaza de San Pedro el 2 de abril, después que Mons. Comastri se asomó y dijo: “Il Signore ha chiamato a se il Santo Padre, Giovanni Paolo II”. Y espontáneamente brotó un aplauso sonoro que duró varios minutos. Y la gente se ponía de rodillas y todos oraban y algunos se abrazaban y lloraban. En Roma, en la Plaza de Colón en Madrid, en Cracovia, en Ciudad de México. La reacción de la gente del mundo entero fue espectacular, sobre todo de los jóvenes. Cientos de miles de jóvenes llegaron a Roma de toda Europa, líderes políticos y religiosos del mundo entero, horas de cola para ver su cuerpo unos segundos. Y ahí estaba yo, en medio de todo, sin perderme uno solo de los eventos, pellizcándome para darme cuenta de que era verdad. Lo considero un signo de los tiempos.
Y al cabo de unos días, cuando salió la “fumata bianca” y empezaron a sonar todas las campanas de Roma, también yo corrí a San Pedro y estuve en medio de la Plaza para escuchar al Card. Medina Estévez anunciar eso que tantas veces había visto en la tele y que ahora veía en vivo y en directo “Nuntio vobis gaudium magnum, habemus Papam”. Y antes de que dijera su nombre, ya estábamos todos aplaudiendo y gritando “¡Viva el Papa! ¡Viva el Papa!”. No importaba el nombre. Lo que importaba era que la Iglesia tenía un nuevo Vicario de Cristo. Dios no abandona a su Iglesia.
Han pasado casi cuatro años y la Iglesia sigue viva, viva y dinámica. Los nuevos movimientos y comunidades son una auténtica primavera para la Iglesia, también en Europa. Es cierto que se cierran iglesias y parroquias en Europa, que hay ciudades españolas en las que la práctica religiosa no llega al 5%, pero la vitalidad de la Iglesia en América, África y Asia no deja de crecer. “Cuando se cierra una puerta, Dios abre una ventana”, decía la protagonista de “Sonrisas y lágrimas” (la película favorita de mi hermana Marta…). ¿Quién sabe? Quizá en unas décadas nuestros países, llenos de bienestar y riqueza, estarán envejecidos y repletos de personas llenas por fuera, pero vacías por dentro. La civilización del ocio es la civilización del aburrimiento. Entonces vendrán de esos países nuevos misioneros a devolvernos la fe que hace siglos les llevaron nuestros antepasados. Dios tiene sus caminos.
En mi comunidad vivo con religiosos legionarios de más de veinte países. Los grupos más grandes son mexicanos, estadounidenses y españoles. Siguen los brasileños, colombianos, franceses y chilenos. Es una experiencia muy eclesial, que abre los horizontes a otras culturas y mentalidades. Además, en la universidad, tengo compañeros de varios países de África y Asia y aprendo mucho de ellos, de su sencillez y valor en la vivencia de su fe. Tengo un compañero de Paquistán, Joseph. En su ciudad los cristianos viven perseguidos y atemorizados. Espera ordenarse sacerdote en Roma y volver a su pueblo. Tengo compañeros de Birmania que lo perdieron todo en el Tsunami. Desapareció su ciudad, sus familias, su parroquia. Y viven llenos de alegría, esperando volver para trabajar por su gente y llevarles el amor de Dios. Tengo un amigo sacerdote de Cuba, Alberto, que me cuenta cómo todavía hoy a los cristianos los persiguen y espían, los ridiculizan en las escuelas y les hacen la vida imposible. Tengo compañeros de la China, que supuestamente están en Roma estudiando “arte”, porque son seminaristas clandestinos. Su obispo está en la cárcel. Conocen directamente a mártires de la fe. Tengo un compañero de Nigeria, John, de una zona en la que acaba de entrar en vigor la sharia y sus familias han tenido que huir a otra región.
Muchos han pasado hambre en la vida. Han venido con lo puesto, ayudados por agencias internacionales, y esperan volver a sus diócesis después de estudiar la teología. Cada uno de ellos son signos evidentes de la acción del Espíritu Santo en su Iglesia. Son lo contrario de una fe acomodada y tibia.
He conocido a muchos obispos durante estos años en Roma. Me ha tocado acompañarlos en eventos, ayudarlos en trabajos de secretaría, traducir, llevarlos y traerlos. Estoy convencido de que ser obispo no es un privilegio, sino una cruz más pesada. Los obispos hoy en día tienen que saber de todo: son los responsables de la custodia de la fe, tienen que saber gobernar, conocer el derecho canónico y parroquial; al mismo tiempo, se espera que sean personas acogedoras y cercanas, que sean verdaderos padres para sus sacerdotes y seminaristas; deben impulsar la búsqueda de vocaciones, conseguir fondos económicos para la diócesis, afrontar problemas de todo tipo; han de tratar con medios de comunicación. Es fácil criticarlos cuando parece que se equivocan. Pero yo creo que la actitud verdaderamente cristiana es «rezar por ellos, verlos siempre con espíritu sobrenatural, como verdaderos padres en la fe, Sucesores de los apóstoles, y no sólo como dirigentes religiosos».
Estas reflexiones, sin un orden preciso, nacen en mí al pensar en la Iglesia. En la Iglesia todos estamos “en familia”, el Papa, los obispos, sacerdotes, religiosos, laicos... no importa la raza, la edad, la clase social. En una familia todo se disculpa, todo se perdona, cargamos unos los pesos de otros. De todos me siento hermano. Somos un Cuerpo en Cristo.
Amor al prójimo
En una ocasión estaba la Madre Teresa de Calcuta limpiando las llagas de un leproso. Se le acercó un periodista y le dijo: “yo no haría eso ni por un millón de dólares”. Y la Madre respondió: “¿por un millón de dólares?, ¡yo tampoco!”.
Con esta respuesta así de breve y directa, explicaba qué es lo que le movía a amar al prójimo hasta el extremo: «Cuanto hicisteis a unos de estos hermanos míos más pequeños, a mí me lo hicisteis» (Mt 25, 40), dice Jesús en el Evangelio.
Hace poco hablaba con un amigo sacerdote sobre en dónde radia el éxito de la vida y llegábamos a la conclusión de que el éxito de la vida se produce en la media en que soy capaz de hacer de mi vida una donación. El egoísta no puede ser feliz. Estamos creados para la donación. La apertura es un constitutivo esencial de todo hombre. Quien no ama, no se ama. De hecho, según algunos psicólogos, uno de los indicadores más importantes para medir la madurez de una persona es su capacidad de donación, su capacidad de entrega de sí misma. No basta dar. Es preciso darse. Y aquí el se es lo más importante.
En aquel campamento del que hablé aprendí que el mundo no se salva desde fuera. No se entiende el sufrimiento de la gente, no se comprende la vida de la gente hasta que no te haces uno con la gente, hasta que no te sientes hermano de la gente, sobre todo de los que más sufren, física o moralmente. Recuerdo bien el contraste que experimenté la tarde en que volví de ese campamento. Encontré a unos amigos de mi clase en un bar de Majadahonda que se llamaba Caray. Y cada uno hablaba de lo que había hecho ese verano. En general se hablaba de fiestas, de fiestas y de fiestas. Y yo sentía por dentro que divertirse está bien, pero no puede ser el único horizonte de la vida. Ninguna fiesta me ha dejado una huella tan honda como un fuego de campamento en una noche estrellada, una conversación de madrugada con una persona que sufre, o un acto de servicio oculto a quien lo necesita. Decía mi amigo sacerdote cubano que “El hombre muchas veces se parece a la gallina, tiene alas pero no sabe usarlas, y se pasa la vida arañando el suelo con las patas”. Es muy peligroso descubrir que tenemos alas, tal vez por eso no nos atrevemos a mirarlas. Estamos llamados a volar alto, muy alto: “Llévame donde los hombres, necesiten tus palabras, necesiten tus ganas de vivir. Donde falte la esperanza, donde falte la alegría, simplemente, por no saber de ti”. Me ayuda recordar el himno que cantábamos en los fuegos de campamento: “Caminos y vidas recorro llevando socorro queriendo ayudar, mensaje de paz es mi canto y cruzo montañas y voy hasta el fin, el mundo no me satisface yo busco la paz, lo que quiero es vivir. Al pecho llevo una cruz, y en mi corazón, lo que dice Jesús”.
En la Legión y el Regnum Christi tenemos la costumbre de iniciar nuestros escritos con el lema “¡Venga tu Reino!” Y siento que cada vez que digo o escribo “¡Venga tu Reino!” Cristo me responde “Ama a Dios sobre todas las cosas y al prójimo como a ti mismo”. El final ya lo conocemos: “tuve hambre y me diste de comer, tuve sed y me diste de beber, estuve desnudo y me vestiste, enfermo y me visitaste, enfermo o en la cárcel y viniste a verme”.
Corazón de toda esta espiritualidad del Regnum Christi es la caridad predicada y exigida por Cristo en el Evangelio. Por eso hemos de aprender a amar a todos los hombres, comprometiéndonos en su servicio, sin diferencias de lengua, raza, sexo, cultura o condición social, viendo y sirviendo en todos al mismo Jesucristo. La predicación y extensión del reino de Cristo constituye el ideal que nos inspira, estimula, dirige y conforma: hacer que Jesucristo reine en los corazones y en las sociedades; transformar a los hombres según el ideal del Hombre Nuevo en Cristo; crear la civilización del amor y la justicia.
Siempre resuena en mi interior el grito del apóstol: “Ay de mí, si no predicara el Evangelio” (1 Cor 9,16).Todo cristiano participa y prolonga la misión de Jesús, el primer evangelizador: “Jesús mismo, Evangelio de Dios, ha sido el primero y más grande evangelizador” (Evangelli Nuntiandi, 7). En la Iglesia todos debemos ser apóstoles del amor al prójimo. Nadie ha de quedarse como espectador. El amor a Cristo lleva al apóstol a identificarse con él, y con su amor ardiente por la humanidad. Entonces se siente contagiado por la urgencia y el deseo apasionado de luchar infatigable y ardientemente por anunciar y extender el Reino por todos los medios posibles, lícitos y buenos, hasta conseguir que Jesucristo reine en el corazón de los hombres y de las sociedades. De ahí nace la prisa, la militancia, el querer hacer más en menos tiempo, como san Pablo.
Un apóstol con celo apostólico no se conforma con cumplir medianamente. Se convierte en guía de sus hermanos, los conoce, los convence, se entrega por ellos. El apóstol debe ser capaz de hablar, como Cristo, como san Pablo, en el campo o en la ciudad, en un avión, en un viaje, en una reunión familiar.
He aprendido que en mi misión yo no soy el personaje central; mi misión es poner a las personas frente a frente con Cristo. Dejarles el uno al otro y desaparecer. Lo único importante es que Cristo sea anunciado, conocido y amado.
El Papa Benedicto quiso dedicar su primera encíclica al tema del amor, y nos enseñaba que es necesario «mirar a esta otra persona no ya sólo con mis ojos y sentimientos, sino desde la perspectiva de Jesucristo. Su amigo es mi amigo» (Deus Caritas Est, n. 18). Nadie me puede resultar antipático si procuro verlo con los ojos de Jesús, que murió por Él en la cruz.
Al ver al prójimo con los ojos de Cristo, nos enseña el Papa «puedo darle mucho más que cosas externas necesarias: puedo ofrecerle la mirada de amor que él necesita. En esto se manifiesta la imprescindible interacción entre amor a Dios y amor al prójimo». El mensaje cristiano es claro, quien ama a Dios, debe amar también a su hermano. No es auténtica la religiosidad de quien se esfuerza sólo por salvar “su” alma, aislándose del resto del mundo. Como dice el refrán, “nos salvaremos en racimo”.
Amor a la Legión de Cristo
“Sacerdote está bien, ¿pero por qué legionario de Cristo?”. Esta pregunta me la hizo un buen amigo. Mi respuesta fue muy sencilla. Para mí, la vocación al sacerdocio y la vocación a la Legión de Cristo no son dos aspectos que yo pueda separar. Vino todo junto. Así lo experimenté. Yo no lo elegí. Fue Dios quien escogió este camino para mí. Y le doy las gracias porque me he hecho inmensamente feliz.
Lo primero que llama la atención es el nombre. ¿Por qué «Legionarios de Cristo»? ¿Por qué un nombre tan combativo, casi agresivo?
Nuestro fundador era un niño cuando presenció la persecución religiosa en México y vio a muchos hombres e incluso adolescentes dar la vida por amor a Cristo y por su fe, al grito de ¡Viva Cristo Rey! En su primera audiencia con el S.S. Pío XII, el Santo Padre le invitó a preparar a sus religiosos para la misión apostólica como «soldados en orden de batalla». Recordando la valentía y el arrojo de las legiones romanas, optó por el nombre «legionarios de Cristo», para dar la idea de un grupo de hombres organizado y bien preparado al servicio de Cristo y de su Evangelio de amor, de misericordia, de perdón y paz, de acogida y respeto. No tiene ninguna connotación política ni militar. A mí me gusta porque subraya dos aspectos que considero esenciales, la militancia y el cristocentrismo:
- Militancia, porque la palabra Legión da la idea de un grupo dinámico, organizado, trabajador. Pablo VI recibiendo a un grupo de legionarios comentó el nombre y dijo: “Legionarios, es decir no gente inerte que se queda viendo cómo van las cosas, sino gente que quiere imprimir en las cosas una fuerza y dar al cristianismo una expresión que es propiamente suya: la militancia; Legionarios para conquistar y llamar a los otros hermanos a la misma fe y a la misma comunión con Dios”.
- Cristocentrismo, porque la Legión es DE Cristo. Él es el centro, criterio, ejemplo y modelo de nuestra vida religiosa, sacerdotal y apostólica. Nuestra vida consiste en revestirnos de Cristo en nuestro corazón y en nuestras obras, amándolo con un amor real, personal, viril y apasionado.
La Legión de Cristo es una congregación religiosa de derecho pontificio, fundada en 1941. Tiene como misión la extensión del Reino de Cristo en la sociedad según las exigencias de la justicia y caridad cristianas, y en estrecha colaboración con los Pastores y los programas pastorales de cada diócesis. Hoy cuenta con unos 700 sacerdotes y cerca de 2.500 seminaristas y tiene casas establecidas en 18 países.
El Regnum Christi es un movimiento de apostolado en la Iglesia y al servicio de la Iglesia, que apoya a sus miembros a vivir su compromiso bautismal –santidad personal, compromiso apostólico- siguiendo el carisma recibido de Dios. Sus miembros son seglares -hombres y mujeres- diáconos y sacerdotes. A través de una acción apostólica personal y organizada, contribuyen a la difusión del mensaje de Jesucristo a la humanidad. El movimiento Regnum Christi tiene miembros consagrados seglares tanto hombres como mujeres. Llevan una comunidad de vida en equipo, siguen a Cristo en pobreza, obediencia y castidad, y dedican su vida a la extensión del Reino de Cristo trabajando en colaboración con los legionarios en su actividad apostólica y compartiendo con ellos la misma espiritualidad.
Aunque la urgencia de llevar el Evangelio a todos los hombres es apremiante, la naturaleza del sacerdocio requiere de tiempo y no puede improvisarse. La misión confiada por Jesucristo exige una preparación seria. Voy a resumir brevemente a qué me he dedicado estos brevísimos 14 años.
Todo inicia con el noviciado. Nunca se me olvidará la tarde que mis padres me llevaron al noviciado de Salamanca, para quedarme definitivamente. Estaba bajando mi maleta del coche cuando me fijé en la inscripción que está en la puerta “Christus Vita Vestra”, que significa, “Cristo es vuestra vida”. A eso iba. A hacer de Cristo el centro de mi vida.
El noviciado es un período de dos años de duración de intensa formación espiritual y de iniciación a las formas propias de apostolado, es la Universidad donde se estudia a Cristo, y solamente a Él, con todas sus virtudes y las cosas que más de cerca Él ama. Inicia con 8 días de ejercicios espirituales después de los cuales se toma el uniforme, es decir, se recibe la sotana. Esa noche no dormí por los nervios. Al día siguiente, por primera vez en mi vida, iba a vestir una sotana.
Para asemejarnos a Cristo que trabajó como carpintero durante sus años de vida oculta, los novicios dedican un mes íntegro cada año a trabajos físicos, además de una hora diaria al aseo del centro y el trabajo en la limpieza y mantenimiento de la casa. Durante mis dos meses de trabajo me tocó escardar remolacha. También aprendí durante el noviciado a cocinar (lavar vajilla ya sabía), a coser (botones y marcar ropa, no los bajos de los pantalones que los sigo mandando a mi santa madre…), barrer, fregar, cuidar los jardines o quemar la basura. Terminado este período, los novicios que así lo desean, emiten su profesión religiosa. La mía fue en la Clerecía en Salamanca, el 15 de agosto de 1996.
Después viene uno o dos años de estudio de las humanidades clásicas que incluyen estudios de latín, griego, arte, historia, estilo, elocuencia, literatura... Fue un año que se me pasó volando, un poco como todos.
Al terminar las humanidades lo normal es ir a Roma para estudiar filosofía, pero en mi caso me llegó una carta y salí a lo que llamamos “prácticas apostólicas”. Pasé tres años en Valencia (del 97 al 2000) trabajando con niños y adolescentes, ayudándolos en su formación integral. Pasaba las mañanas en el Colegio Cumbres y las tardes en el Club Faro. Creo que aprendí más de lo que yo enseñé. Guardo excelentes recuerdos, experiencias inolvidables y amistades para siempre.
Fueron años para afrontar y aprender a entender los problemas de los hombres. Años para crecer en la convicción personal, para experimentar los desafíos de la vida consagrada en medio del mundo y para desarrollar el espíritu de laboriosidad y eficacia en la labor pastoral. Ahí se aprende que el legionario debe decir poco y hacer mucho, se aprende a hacer más en menos tiempo, pues no hay tiempo que perder ante las urgentes necesidades materiales y espirituales de los hombres.
En el año 2000 llegué a Roma para estudiar Filosofía. El estudio de la filosofía suscita el amor a la verdad. Se presta gran atención a la relación que une la filosofía a los verdaderos problemas de la vida, así como a las cuestiones que más preocupan al hombre contemporáneo. Pude alternar los estudios con trabajos de diverso tipo: di catequesis en una escuela romana, me encargué de la organización de los congresos y eventos de nuestro Ateneo, de los cursos para nuevos obispos que organiza el Vaticano en nuestro centro, fui editor de la revista Sacerdos y del Misal Meditación…
En el año 2004 terminé la licenciatura en filosofía y empecé los estudios de teología. La teología se enseña a la luz de la fe, para recibir la doctrina católica de la divina Revelación, ahondar en ella y convertirla en alimento de la propia vida, anunciarla y exponerla en el ministerio sacerdotal. El estudio de la Sagrada Escritura es el alma de toda la teología. Esta formación teológica se completa con el estudio de los problemas planteados al hombre por el desarrollo de las ciencias humanas. En estos momentos he terminado ya el bachillerato y me encuentro estudiando la licenciatura en teología dogmática con especialización en antropología teológica.
Desde enero del año 2005 alterno los estudios con mi trabajo en la secretaría general. Es un trabajo entusiasmante, en el corazón de la Legión y en el corazón de la Iglesia, lleno de retos y desafíos.
¿Cómo es un día normal?
El día empieza a las 5,15. Nos levantamos, nos duchamos y acudimos a la capilla para ofrecer en comunidad la jornada a Dios. A continuación, se tiene una hora de oración personal. Ahí, en diálogo personal e íntimo con Dios, se ilumina y robustece en el alma y en el corazón la decisión de identificarse con la razón de ser de la propia vida: la voluntad santísima de Dios.
A las 7,00 se tiene la celebración eucarística, momento central del día, cumbre a la que tiende toda actividad y fuente de donde mana la fuerza santificadora y apostólica para el hombre del Reino. Después del desayuno, salimos a la universidad. Regresamos para la comida, que es a la 1,30. Antes dedicamos diez minutos para analizar delante de Dios la marcha del día y rezar juntos el Ángelus y el himno de mediodía. Durante el día, además, se reza el rosario y se hacen quince minutos de lectura espiritual. A partir del diaconado, se suple con la liturgia de las horas (laudes, oficio de lecturas, hora media, vísperas) en particular. Durante la tarde se alterna el estudio con el trabajo propio de la secretaría.
A las 8,30 se cena, luego se puede leer el periódico o ver las noticias y a las 9,30 concluimos la jornada con media hora de adoración ante el Santísimo. Él es el “quieto rincón junto al que descansamos al final del vértigo de la jornada”.
También nos dividimos en equipos para la limpieza de la casa y para el servicio del comedor. Los domingos los dedicamos especialmente al descanso y a la vida en comunidad. Hacemos deporte los domingos y, según las posibilidades de cada uno, uno o varios días entre semana.
¿Qué es lo más característico de la vida religiosa en la Legión de Cristo?
Yo creo que lo que más distingue la vida de comunidad es la vivencia delicada de la caridad. Como describen los Hechos de los Apóstoles, en nuestras casas y centros del Regnum Christi se respira el espíritu de las primeras comunidades cristianas que eran “cor unum et anima una”, un solo corazón y una sola alma.
Si habéis llegado en la lectura hasta aquí, ¡felicidades por vuestra paciencia! No he escrito estas líneas con el deseo de hablar de mí, sino de hablar de la obra de Dios en mi vida. Él es el verdadero protagonista. Pongo mi perseverancia final en manos de María. Estoy convencido de que estoy aquí gracias a su amparo maternal, con el que ha bendecido a mi familia y a mí en concreto. Ella, que formó el Corazón de Jesús, forme en mí un corazón que viva solo para la Gloria de Dios y la salvación de las almas.
domingo, 18 de enero de 2009
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